— Brigadas, voluntarios y comunidades indígenas enfrentan condiciones extremas para contener el fuego, que mantiene 60% de control tras seis días activo
Rosario García Orozco
Un incendio forestal que inició el pasado 4 de abril ha consumido al menos 385 hectáreas de bosque de pinos y encinos en municipios de la Montaña y Costa Chica de Guerrero, entre ellos Cochoapa el Grande, Metlatónoc, Igualapa y Tlacoachistlahuaca, lo que ha dejado a su paso graves daños ambientales y afectaciones a comunidades indígenas.
Las llamas continúan avanzando sin tregua, arrasando con vegetación, fauna silvestre y los recursos naturales de la región. Habitantes de comunidades como El Capulín, en Tlacoachistlahuaca; Chimalapa, en Igualapa; y Llano Perdido, en Cochoapa el Grande, se han organizado para combatir el siniestro ante la magnitud del desastre.
Las labores de control se han visto obstaculizadas por el terreno accidentado, con barrancas profundas y laderas empinadas, así como por las altas temperaturas y los fuertes vientos que avivan el fuego.
Ante esa situacion, brigadas de la Comisión Nacional Forestal (CONAFOR), autoridades municipales, Protección Civil y voluntarios han trabajado durante seis días sin lograr sofocar completamente el incendio.
Hasta la noche del 8 de abril el incendio presentaba un 60 por ciento de control y un 50 por ciento de liquidación. Para enfrentar las llamas, los brigadistas utilizan tanto herramientas especializadas como McLeod (una herramienta par a bombero forestal), e instrumentos tradicionales, entre ellos machetes, rastrillos y bombas de fumigación adaptadas para arrojar agua.
El impacto ambiental es severo: la pérdida de insectos, reptiles y otras especies es considerable, mientras que el humo denso se extiende por varios kilómetros, afectando la visibilidad y la calidad del aire.
Este tipo de incendios se intensifican durante la temporada de calor, influenciados por factores como la quema agrícola y la falta de medidas preventivas eficaces. La situación evidencia, además, la vulnerabilidad de las comunidades rurales ante los efectos del cambio climático, cuyos impactos —como sequías, huracanes e incendios— son cada vez más frecuentes y devastadores.