“Rendición de cuentas”… plataforma de la democracia.

Patrulla de papel

Enrique Castillo González

Estábamos ya dando la bienvenida al nuevo miembro del think tank. El tema del “patrullaje” ya había sido discutido, pero se corrió con la suerte de tener una corta conversación con Ricardo Castillo Díaz; el director de Quadratín Guerrero puso en mis manos su nuevo libro Así funciona la comunicación gubernamental y, pues, el grito “¡paren las prensas!” se dio.

Inicié entonces la lectura del trabajo de Ricardo Castillo. Lo hasta ahora leído, vaya si resultó apetecible; entonces, para poder retenerlo, construí un Castillo de Memoria.

¿Cómo y dónde coloqué los personajes e ideas dentro del Castillo de Memoria? Primero, casi a la entrada levanté un letrero; ahí se lee: Así funciona la comunicación gubernamental. Caminando rumbo al edificio fui poniendo ideas y personajes más importantes; así, en caso de requerirse, desandando mis pasos para reencontrarme con “la idea” ahí dejada.

Cruzo la puerta. De pie, en el jardín, cerca de la fuente, están Rubén Aguilar Valenzuela y René Posselt Aguirre; a un lado de ellos, sobre el pasto, Ricardo Castillo Díaz. ¿Conversan? ¿Cuál es el tema? Continúo el recorrido; regresaré después a ese mismo jardín.

Subo las escaleras. En el descanso encuentro al inconfundible Nicolás Maquiavelo. Sentí su mirada escrutadora; cinco escalones caminados hacia arriba están Montaigne, Locke, Rousseau, Hume y Madison; también Tocqueville en ese mismo escalón, quien, viendo mi intención de detenerme, con un gesto amable y extendiendo su mano, me indica el camino hacia el gran portón. Sigo andando.

Y, si me había impresionado y sorprendido por aquellos en el jardín y los otros en el primer descanso de las escaleras, cuando vi, junto a la enorme puerta de madera, a Giovanni Sartori, Karl Deutsch, Robert Dahl, Andreas Schedler, Guillermo O’Donnell y Luciano H. Elizalde, mi curiosidad se ensanchó. Así, crucé la puerta.

Para mi fortuna, en el “recibidor”, justo entre la puerta y una mesa redonda, me esperaba el profesor Rubén Aguilar. Él había subido detrás de mí; sin más, tomó mi abrigo y sombrero, los puso sobre la mesa y dijo:
-La comunicación está en la base de la acción de gobierno; comunicar es gobernar o gobernar es comunicar-.

El profesor Aguilar me habló de la agenda setting, algo dijo acerca de “el plan se debe traducir en acción” y de mantener la dialéctica permanente entre la teoría y la práctica; en algún momento —dice Rubén— habremos de explicarte acerca de los modelos de rendición de cuentas del Reino Unido, Alemania y España, y el énfasis dado a la frase “rendición de cuentas” me hizo guardar esa idea.

Ahora —dice el profesor Aguilar—, encaminado ya en este trabajo de Ricardo Castillo Díaz, debes dar especial interés en el “cómo él plantea la organización de una oficina de Comunicación Gubernamental”; tópicos tales como “articulación y operación estratégica” vaya si son importantes, enfatiza el exvocero presidencial. En un momento dado Rubén Aguilar se detiene y, antes de retirarse, dice:
_Debes tener mucho cuidado para no dejar de aprender las 20 grandes conclusiones en este trabajo de Ricardo Castillo Díaz—.

Así, sin darme cuenta, Aguilar me dejó un paso adentro de la biblioteca. Sentí la presencia de alguien; solo pisé dentro de ese universo de letras y tinta y entonces me di cuenta: observando lomos de libros estaba Nicolás Maquiavelo. Él, sin dejar de mirar los libros, me dijo:

—La reputación es el capital primigenio de aquel buscador del poder frente al pueblo—.

Aunque el religioso sabía de mi presencia, siguió mirando libros y también hablando:

—El Príncipe (hombre en el poder) debe ser ágil para comunicar virtudes—.
Veía más lomos y seguía hablando:
—Frente al pueblo, el ente en el poder (Príncipe) debe hacerse amar y temer—.
Acá me voltea a ver y dice:
—Un Príncipe no debe ser aborrecido por el pueblo—.

Hasta aquí puedo entender: Maquiavelo ya daba importancia a los actos de propaganda. “El hombre en el poder habrá de poner atención a la importancia del mensaje dirigido al pueblo”, leí alguna vez; también leí: “el quid estará en construir percepciones favorables”. 

Nicolás regresa a los lomos de los libros y sigue diciendo:

—El Príncipe siempre debe estar consciente: así como puede ser menospreciado, también puede ser aborrecido—.

Al calibrar la excelente cantidad y calidad de las ideas de Maquiavelo tomé la decisión de no interrumpirlo y solo estar detrás de él.

_El hombre de poder debe cuidar, cual perfume caro, la reputación; ser visto como “clemente” antes de tener etiqueta de “cruel”—.

Y aquí algo sustantivo: mientras escuchaba a ese gran pensador atrapó la idea: Maquiavelo es el primer divulgador de la idea de que “la comunicación” siempre debe ser el bastón (báculo) de quien vive del ejercicio del poder, sobre todo en el lado occidental del mundo. Sentí haber sido escuchado por el florentino, pues desde su acto de leer lomos y andar dijo:
—Las personas juzgan más por los ojos, menos por las manos—.

En algún momento Maquiavelo se desvaneció y, vuelto humo, se metió entre el papel y la tinta de los libros. Salí de ese cuarto y busqué entrar al siguiente; sentado y teniendo enfrente una pequeña mesa con decenas de papeles encima estaba Michel Eyquem de Montaigne.

¿Quién es Eyquem de Montaigne? Replanteo la pregunta: ¿quién es para mí Michel Eyquem? Aunque ese personaje no ha sido muy mencionado en mis patrullajes, en una de las esquinas de mi añosa mente está bien posicionado como mi gran maestro, pues sin más él es el creador del funcional estilo bien nombrado “ensayo”; y, otra cosa, en el apunte La espiral del silencio (M. Rafael), mi patrón (de Montaigne) es el creador del concepto de Opinión Pública.

 Y con eso de la Opinión Pública nacen ideas tales como “la opinión dominante”. Y si me consideré afortunado por haber bien hallado a Eyquem en esta habitación, mi sensación de fortuna creció cuando vi, sentado en una silla y frente a una mesa, al enorme John Locke.

Ahora, para aumento de mi fortuna, el pensador inglés al verme dijo:

—Hay tres tipos de leyes: la divina, la civil y la ley de la moda—.

Teniendo mi atención, John agregó:
—Para ahondar en tus conocimientos de la “ley de la opinión”, sábete —me dijo de frente— que la sociedad conserva el poder de pensar bien o mal, de aprobar o censurar las acciones de aquellos hacedores de política—.

Cuando creí haber llegado a la cima de esas ideas, el inglés, otra vez viéndome de frente, dice:

—En nuestras sociedades la ley de la moda es más severa que la ley de Dios y la ley civil—.
Otra emoción.

Junto a Mr. Locke, sentado estaba el también inglés David Hume, seguidor casi a pie juntillas de las ideas de Locke. 

Hume, esperando el silencio de John, entró a la conversación para decirme:

—Ahora, mientras caminas por este Castillo construido por ti, no debes pasar a la siguiente habitación sin tener por sabido esto: ya Jean-Jacques Rousseau profundizó, y mucho, en el fenómeno de la opinión pública; y para fortalecer eso en tu mente —me dice Hume— vuelve a leer El contrato social—.

Antes de regresar a su lectura, Hume cerró diciendo:

—El gobierno solo se basa en la opinión—.
Vaya, ir acomodando a los personajes y sus temas para darle un Castillo a esta extraordinaria obra me está resultando gratificante. Ya en el corredor, fuera de los cuartos y próximo a la ventana, veo, allá en ese jardín, a Ricardo, René y Rubén (¿RRR?). Mucho me gustaría escuchar la conversación entre estos extraordinarios comunicadores, sobre todo si el quid de esa es “la comunicación gubernamental”. En fin, será en su momento, pues siento otros entes y otros temas aquí en este edificio.

Durante mi andar, el aroma de añosas hojas, tinta viva y madera pulida es sustituido por la esencia del café caliente y pisos limpios (claro, un piso pulido siempre huele bien). Así, me detuve a beber un café; la delgada columnita de humo le daba una vida alegre al aromático. 

Algo me dice: “aún falta darle habitaciones a otras ideas extraordinarias”. Aunque acá, entre un cuarto y otro, se colgó en mi mente algo dicho por David Hume, y seguramente regresaré a dejar esa idea allá en su cuarto. Hume dijo:

—El milagro ese donde los ciudadanos someten sus propios sentimientos y sus pasiones a los de los gobernantes solo se explica mediante las opiniones mayoritarias—.

Y dijo más:

—Los gobernantes no tienen nada que los sostenga, excepto su opinión, pues se funda solo en la opinión—.

Sin darme cuenta estoy ya en otra habitación. ¿A quién(es) encontraré aquí?

En la posiblemente habitación más iluminada están James Madison y Alexis de Tocqueville. De hecho, la obra El Federalista da a Madison la etiqueta de uno de los ideólogos de la fundación de los Estados Unidos de Norteamérica. Entiendo lo escrito por Madison: “la opinión es dogma y fundamento de la democracia norteamericana”. Es más, en su obra El Federalista, Madison dejó anotado:
—La razón humana, tímida y precavida cuando se le deja sola, se vuelve fuerte y recobra la confianza en proporción al número de personas con las alcanzadas mediante asociación—.

¿Tocqueville?

Acá seré breve. Alexis de Tocqueville repite el ejercicio de Jean-Jacques Rousseau cuando este, por su seguridad, viaja a Inglaterra y se empapa ahí de la libertad de las ideas. Tocqueville viajó a los Estados Unidos y en su obra La democracia en América incluso se llega a escandalizar ante las opiniones mayoritarias en Estados Unidos. Sabido de mi quehacer dentro del Castillo, Alexis me dice:
—No conozco ningún país en que haya tan poca independencia mental y verdadera libertad de discusión como en América—.
Es de reconocer que Tocqueville se mantuvo sorprendido por los niveles de influencia de la opinión pública.

Salí de ese cuarto con cierta premura, pues, sabiendo de aún tener dos o tres habitaciones por ocupar, recordé: “este es un artículo de opinión, no un ensayo”.

Bien, prácticos y modernos, en una nueva habitación Giovanni Sartori y Albert Venn Dicey se van directo a sus temas. Sartori, con su libro en la mano (Teoría de la democracia), me recuerda la importancia dada por el italiano a las elecciones, mientras Venn Dicey dice:

—La opinión de los gobernados es la base real de todo gobierno—.

Obvio, con Sartori en esta habitación guardamos sus ideas de los procesos de formación de la opinión pública (tres). También su famoso “modelo de la cascada” queda ahí.

Aunque no quiero dejar de colocar otra nota en este cuarto, Sartori dice:

—Cuanta más información se recibe de los medios, más se está expuesto a la manipulación de los mismos—.

El punto es que Sartori deja fijo algo muy repetido ahora, en el primer cuarto del siglo XXI: “una pieza clave del régimen democrático es la opinión pública”.

¡Bien por esto de estar construyendo este funcional Castillo de Memoria! Si pienso en el jardín o en alguna de las habitaciones, recuerdo claramente lo ahí colocado, aunque ya quiero regresar allá junto a la fuente; quedan todavía recámaras por acomodar.

¿Algún dato en ese pasillo antes de entrar a otro cuarto? Sin duda, entre trago y trago de café, en mi mente se tatúa el concepto “opinión pública”, más como lo explica Sartori. Sin duda tendré la necesidad de leerlo y releerlo.

Ahí, en el pasillo, me abordó Karl Deutsch. El politólogo checo-alemán me dijo:

—Yo diseñé el “modelo de la cascada”; este consiste en la formación de opiniones inducidas, sea desde las élites o desde los distintos medios de comunicación—.

Las opiniones fluyen de manera descendente, como una cascada; esa, me dice el germano, pasa por cinco escalones y sí, hay remansos. Karl me explica su idea, y esa es harto didáctica, debo decir. Sabido de esa cascada, ahora pongo atención a cuanto proceso de opinión se pone enfrente. Así, antes de entrar a la siguiente habitación, repito para mí: “una pieza clave del régimen democrático es la opinión pública”.

Ubicado en otra habitación del Castillo, algo interesante: en esta están instalados aparatos receptores de fax, una gran televisión, muebles de diseño, pizarrones de corcho y pintarrones. Frente a uno de esos, Robert Dahl, autor de La poliarquía, acaba de escribir en la superficie blanca del pintarrón:

—La semilla que más hay que cuidar, y en cambio es de lo que menos se ocupa hoy la teoría de la democracia, es la ciencia política—.

Con eso tengo claro: Dahl, aunque cree que la democracia ideal es una utopía, es un fiel lector de Sartori. Dice Robert Dahl:

—La democracia ideal es una utopía—.

Acá tengo claro: el análisis de la poliarquía es algo importante para esta obra; Ricardo Castillo Díaz atornilló justamente esa idea entre sus párrafos. Sigo entre habitación y habitación.

Siento estar entrando a la última habitación en este piso dentro del Castillo de Memoria (¿de este piso?).

Exactamente en la puerta de otro cuarto, Andreas Schedlerme toma del antebrazo y, mientras me envuelve en un abrazo, dice:

—Para los Estados democráticos e incluso para la vida empresarial y social en estos, el asunto de la rendición de cuentas es columna vertebral—.

Al darse cuenta de ser total tenedor de mi atención, Schedler sigue hablando y me mete en esa habitación.

Andreas me explica lo importante del answerability y del enforcement; habla también de la obligación de todo demócrata de dar información para el ejercicio del poder y de lo importante de la rendición de cuentas y de las sanciones. Y miren, queridos doce lectores, esto dice de eso (sic):

—La rendición de cuentas sin la posibilidad de sanción corre el riesgo de convertirse en un mero acto publicitario—.
Sin más, asciende de un sillón Guillermo O’Donnell y dice:
—Existe en el universo de la política y la democracia la rendición de cuentas horizontal y vertical—.

Aunque intenta ahondar, yo le pido al argentino que lo crucemos más adelante (más después, dirían en la Costa Chica). O’Donnell se vuelve polvo de colores.

Sin más, regreso al hall. Mi casi septuagenaria figura ahora tiene en la mano izquierda una gran copa de vino; en mi flanco derecho está una elegante escalera. Sendos barandales de hierro pintados de negro prometen la existencia de un piso más arriba, aunque sobre uno de los escalones de mármol Ricardo Castillo Díaz me dice —mejor dicho, nos dice, pues ahora todos los habitantes de los cuartos están asomados por los marcos de las puertas—:
—En este Castillo hay dos pisos más. En el siguiente habita el “cómo funciona la comunicación gubernamental”, y arriba de ese, “cinco casos de comunicación gubernamental”. Pero —enfatiza Ricardo— bien lo has dicho tú: esto es un artículo de opinión, no un ensayo; aunque —sigue diciendo el escritor y politólogo— creo deben tener presente, antes de subir las escaleras: la comunicación gubernamental es proceso de influencia del gobierno en turno, y este intenta realizarse sobre la opinión pública general, ello para hacer más eficiente la gestión pública—.

Y sí, sin quitarse del escalón, Ricardo se torna una poderosa explosión de polvo de estrellas.

De este recorrido por el jardín y los cuartos de la planta baja de mi Castillo de Memoria, ¿dónde coloco el quid?

La presencia, juntos, de René Posselt y Rubén Aguilar convocados por Ricardo Castillo Díaz.

El temazaso Así funciona la comunicación social.

El perfil filosófico-académico dado por Castillo Díaz a su libro.

Esa suerte de “frente a frente” del exvocero de Vicente Fox y del hoy responsable de la Comunicación Social de la poderosa gobernadora de Guerrero (por cierto, con eso cierro).

Antes de perderme en el ensueño donde aún me muevo dentro de ese Castillo, busqué la forma de ir a ese jardín donde Ricardo Castillo Díaz contenía (sic) a Rubén Aguilar y a René Posselt. Esperaba eso, pues el primero prácticamente llevó de la mano la arrebatada forma de comunicación del lector del Libro Vaquero vuelto presidente de la República, mientras Posselt forma parte de la nueva escuela de Comunicación Social gubernamental, donde lo progre, rápido y hábil es lo de todos los días. Y pues no.

Durante la presentación del libro de Ricardo Castillo Díaz, siendo el primer comentarista el profesor y consultor Aguilar Valenzuela, y aunque buena parte de los ahí reunidos desmenuzaban el body language de los principales actores (Posselt y Rubén), ellos fueron siempre elegantes y demócratas. Mucho de esa conducta estaba en la amistad y camaradería con Castillo Díaz. Sea entonces: ya regresaremos a esta atmósfera desde el siguiente piso.

Aunque terminé mi visita al Castillo conversando con aquellos tres, no dejaba yo de voltear a ver los pisos por recorrer de ese gran edificio.

Último patrullaje. Ciertamente, la Guardia Nacional se consolida como la cuarta Fuerza Armada de México. Su talento humano, en lo tocante a mandos medios, desde hace cinco años emerge de las instalaciones del (cuatro veces H) Colegio Militar. Acá, aunque la misión fundamental ya no es “destruir al enemigo y lo relativo a todo eso”, sí destila los principios de todo oficial profesional de todas las FF. AA. Desde la mesa de este think tank, vaya toda la fuerza y vigor de veteranos patriotas agradecidos por su esfuerzo.

Balazo al aire. En busca de armar la primera silla perfecta.

Greguería. – Viejo – dice con humos de preocupación la señora al esposo—, ayer vino la Ministerial y se llevó maniatado al mecánico de la esquina.
Y agrega:
—Desde hace años se dedicaba también a vender marihuana—.
El cincuentón baja el periódico de frente a su cara y, viendo a su esposa, le dice:
—Tengo cinco años siendo cliente del maestro ¡y no sabía que era mecánico!—.
(No entendí).

Oxímoron. -¡Vete!, pero de aquí no te muevas.

Haiku.- Se rió, merced de Dios.
Mi lindo campo
y mi tierra perfecta.

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